lunes, 19 de febrero de 2018

Algo se nos va




Hay un suspiro que se nos escapa, uno sin nombre ni identidad.
Tu voz ausente flota en la nada,
en este espacio intercalado.
No demos tregua a una batalla, no es lo nuestro.
Tus besos han perdido sus arrebatos,
pero nuestras sábanas aún guardan la caricia sonámbula.
Hay un suspiro que late en mis ojos,
 que escapa por las rendijas de la ventana,
¿Puede acaso un suspiro, un hilo latiente, matar?
¿Hay una verticalidad en este fragmento herido?
Algo se nos va, algo flota, algo es enterrado en el lodo.
¿Quién de los dos teme a la luna?
¿Son acaso tus dedos secos y cansados?
 Fue el primer suspiro lo que nos hizo arrancar la rutina de ferviente deseo,
y fue el último suspiro el que limitó las siguientes partidas.



jueves, 25 de enero de 2018

Máscaras






Máscaras: sellos falsos de identidad,
bosquejo de mapas perdidos y tesoros escondidos.
Un anagrama de sonrisas que se pierde en el aire.
La afirmación de lo temido, lo olvidado. Un hueco hiriente.
Estancarse en un mismo lugar.
Máscaras: un baile de espirales que se mueven por las esquinas,
calles, letreros, fachadas y en semblantes de rostros que se amasan entre sí.
Máscaras en nuestros dedos, ansiosos de agarrar lo invencible.
Un silencio que se palpa y se intuye.
Una respuesta invertida.
Se hincha en el pecho los sueños dormidos.
Máscaras que rompen la monotonía,
Que hacen salpicar a los demás.
Una soga en el cuello y arrastrarse con ella.
Máscaras que hacen querer ser lo que uno se atreve,
Ser aceptado en las leyes ajenas.

Una lágrima que raja la mejilla y que luego es empujada por el dedo que oculta una verdad.
Rostros que a veces son heridos por la brutalidad de una sonrisa fingida.
Lo que parece normal es tan solo el preámbulo de una nueva escena que se oscurece y sorprende.
Pasos fingidos para caer en la realidad castrada.
Para ser nombrado mediocre en una sociedad enjaulada.

Todos llevamos una máscara que hiere, mata o salva.


martes, 23 de enero de 2018

Soy vertical ( Sylvia Plath)






Hoy no sé por qué vino a mi mente Sylvia Plath. Hace años leí su aclamada y única obra literaria llamada:  Campana de Cristal. Me desconcertó. Pero vi tanta belleza en su desesperación, en su incomprensión. No obstante dejó un legado que la inmortalizó: sus poemas. Y es por eso que atrapada por ellas, he decidido publicar unas cuantas, porque merece la pena hacerlo.



Soy vertical.

Soy vertical, pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de una y la valentía de la otra.
Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección
oscurecidos ya los pensamientos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez,
y las flores tendrán tiempo para mí.


Solterona.

Esta chica de quien hablamos
en un paseo de abril ceremonioso
con su último pretendiente
súbitamente se asombró muchísimo
del charlar de los pájaros
y las hojas caídas.

Así, afligida, ella
vio que los ademanes de su amante
agitaban el aire y se irritó
entre el caos de flores y de helechos
acres. Juzgó los pétalos
confusos, la estación ajada.

¡Cómo deseó el invierno!
Austeramente, en orden minucioso
de blanco y negro
de hielo y roca, todo deslindado,
de corazón a fría disciplina
sometió, exacto cual copo de nieve.

Pero he aquí: un capullo
de sus cinco sentidos de gran dama
una grosera confusión deduce:
traición intolerable. Que el idiota

se rinda al caos de la primavera:
prefirió retirarse.

Y rodeó su casa
de alambradas y muros impasables
contra el tiempo rebelde
tanto que nadie lo rompiera
con maldiciones, puños, amenazas,
ni con amor tampoco.



Aparición.

La sonrisa de las neveras me aniquila.
¡Qué corrientes por las venas de mi amada!
Oigo ronronear su gran corazón.

Conjunciones y signos de porcentaje
exhalan sus labios, como besos.
En su mente hoy es lunes: la moral

se lava y se presenta ante mis ojos.
¿Cómo interpretar tales contradicciones?
Llevo puños blancos, me inclino.

O sea: ¿es amor esta roja tela
que fluye de la acerina aguja y vuela tan cegadoramente?
Con ella haré vestiditos y abrigos,

y vestiré a una dinastía entera.
Cómo se abre y ciérrase su cuerpo:
¡un reloj suizo, y con rubíes en los goznes!

¡Ay, corazón, qué desbarajuste!
Las estrellas pasan centelleantes como agoreros números.
ABC, dicen sus párpados.








miércoles, 3 de enero de 2018

Este jueves un relato: Jugar con fuego.




Cora sentía debilidad por el fuego desde pequeña. Cuando cumplió los cinco años solía coger la caja de cerillas y encender un fósforo tras otro. Su padre estaba cansado de dejarle las manos enrojecidas por los golpes de la educación. Y su madre… bueno ella nunca estaba en casa. Cuando regresaba en las noches con su rostro derramado en maquillaje y sus labios pintados de rojo, Cora se preguntó si su madre nació con esos labios. Es el color del fuego, le había dicho una vez su padre y aquello se le quedó grabado en la memoria. Con los años, Cora también maquilló sus labios de ese mismo color y a su madre no pareció importarle, de hecho sonreía orgullosa, como si su hija fuera un vivo retrato de ella. No obstante, Cora era una niña especial, quizá complicada. No hablaba demasiado, se escondía siempre, leía las revistas sexuales que su padre escondía bajo la cama y hacía siempre lo mismo: encontrar todas las cajas de fósforos que su padre escondía sin éxito y encender todos los fósforos. Debía ser que le encantaba el calor que emanaba de la llama o la peligrosidad que ello conllevaba. Le encantaba el olor del humo después de apagarlo. Empezó a comprar montones de velas y dejarlas encendidas toda la noche. Esa vez su padre le pegó bien fuerte. Pero cuanto mas golpes recibia Cora, más fuego prendía. Tu madre es lo peor que hay en esta casa, tiene fuego en todas partes y tu has salido a ella, me vais a volver loco, gritaba su padre. Y Cora sonreía. Se relamía los labios y gastaba un pintalabios entero en un día.

Conoció a cientos de chicos pero ninguno consiguió entender porqué Cora amaba tanto el fuego. Les asustaba. Una fría tarde de invierno, sin que sus padres estuvieran en casa, Cora decidió invitar a los de su clase. Solo vinieron cuatro chicos y tres chicas. La casa de Cora era toda lujuria. Había puesto en las paredes diversas telas de transparencias rojas y rosadas. Su cama estaba llena de pétalos rojos y toda la casa resplandecía por las velas. Puso incluso música actual para que esa vez no pensasen que fuese rara, ya que sus gustos musicales derivaban entre Enya y Loreena McKennitt. Pero la fiesta fue un fracaso. Las tres chicas la miraron ceñudas y pusieron como excusa no encontrarse bien. Y los chicos, al ver las velas también dijeron de irse. Solo quedó uno. Un chico llamado Gustavo, al que apodaban: Gustav. No sabia porque se había quedado. Debió percibir el fuego en los ojos de Cora, en su perfume, en su sonrisa, en su boca, en su cuerpo. La tocó con delicadeza, sin temor a quemarse. Cora miró de reojo la puerta y las llamas de las velas parpadearon como asustadas, tal vez queriéndola advertir de algo. Se besaron, y Cora se sintió arder por dentro. Un fuego hermoso, una calidez que jamás había sentido de esa manera. Pero sucedió lo inevitable. La puerta se abrió. Y Cora vio en su padre a un demonio. Gustav fue despechado de su casa de malas maneras y Cora por primera vez sintió fuego incluso en sus lágrimas.

-No sé que he hecho mal, Cora. No sé de qué forma estás hecha. Ni siquiera sé si eres humana. Apaga todas esas velas y ve a la cama. Tu madre ya mismo llegará y no le gustará ver todo esto- Y fue esa orden, lo que hizo cambiar a Cora. El fuego que emanaba de su persona se fue apaciguando con los años.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Navidad.



Se me ha hecho extraña la Navidad. ¿A vosotros no? debe ser la nostalgia, debe ser el transcurso del tiempo, o la ausencia de aquellos que ya no están en mi vida. Debe ser esa certeza de que nada es igual, que la familia poco a poco se va disolviendo y que poco a poco somos un puñado de corazones que se mantienen a flote, queriéndonos incondicionalmente. Anhelo aquella feliz infancia donde esperaba ansiosa los regalos bajo el árbol decorado por nosotras mismas. El olor a leña en las calles, la festividad, la cabalgata. Sentir que hay un futuro esperándonos, que no será esa única Navidad, que habrá más. Y la mesa alargada repleta de exquisito manjar. La víspera, el comienzo de un año nuevo. Los nervios a flor de piel, porque tendrás que comerte las doce uvas pidiendo nuevos o viejos deseos y que si no te las comes todas probablemente esos deseos no se cumplan. Pero son solo eso, mitos. Luego las campanadas, tic tac, tic tac, tic tac, cada uno sumergido en su deseo, compartiendo complicidad con la mirada, una risa ahogada. Después un paso adelante, un nuevo año, y el otro ya pasa de moda. La incertidumbre de como será este. Y ya piensas: Dios, otro año más y yo me voy haciendo mayor. ¿Qué me ocurrirá el año que viene? ¿Me pasará esto... lo otro? luego los abrazos, los apretones, las risas y los suspiros. Lo hemos conseguido. Seguimos unidos. Hasta que los años nos separen. Luego la fiesta, un brindis por esto y por aquello. La quedada con los amigos, bailar hasta que no haya un mañana y hasta que el sueño se pegue en las pestañas.

Debe ser eso lo que anhelo. Lo compartido. La unión. En este trozo de tierra donde me hallo, me separan ochocientos kilómetros de ellos. Esta Navidad tiene otro aroma, otro significado. Veo en las calles a gente sola, sola de verdad, que se sientan en los fríos bancos, que piensan en silencio. Que se comparten con ellos mismos estas fechas. ya yendo solos al cine o bebiendo en alguna esquina. Y el frío, no recuerdo sentir tanto frío en Navidad, aunque tenga fama de ser fría y tan blanca. No sé, esta Navidad me resulta triste. Debe ser eso, que este año es otro año más y que no veré ni cabalgatas, ni la mesa larga llena de comida para compartir en número, ni abrazos que duran minutos, ni esa compañía dulce con los abuelos. Debe ser que me falta un árbol en casa o más adornos o tal vez sea yo.

Aunque llego con retraso, a todos vosotros... Feliz y blanca Navidad.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Breve biografía de un solitario





Se hizo emprendedor.
Compró un karaoke para ayudar a la gente a sonreír y valorar el sonido de las palabras. Desde pequeño ya llevaba en la sangre eso de ser anfitrión.
Llevaba gafas de pasta dura y cristales gruesos.
Tenía la costumbre de entreabrir la boca como si la vida se escapase en ella.
Se le daba bien escuchar.
Los fines de semana transportaba paquetes. Se sabía todas las carreteras de Europa. Era aficionado a coger el metro como medio de transporte; se planteó incluso a trabajar de ello.
Se enamoró siete veces y siete veces fue su caída.
Nació solo y se sintió solo toda su vida.
Pasó su infancia en distintas paradas.
Leyó la biblia.
Se aprendió las enciclopedias y diccionarios.
Le gustaba pronunciar las palabras al revés para saber cómo sonaban.
Le gustaba desafiar a la verdad.
Era observador.
Era generoso.
Era buen amante.


A los veinticinco creyó alcanzar la madurez, pero aprendió que ésta no llega del todo.
A los treinta se compró una brújula para saber qué dirección tomar.
A los cuarenta se cansó de navegar de cuerpo en cuerpo.
Probó fantasías inimaginables.
Apuntó números de teléfono con la esperanza de hacer una llamada a la oportunidad.
A los cincuenta se le hizo la casa vacía y el corazón demasiado grande.
Se compró otras gafas pero la vida seguía siendo la misma.
Llegados a los ochenta, amó todas las experiencias que hubo vivido a lo largo de su existencia.
Aprendió a vestir cómodamente.
No tuvo ninguna enfermedad.
Tuvo como única compañía un terrier.
Fue un buen hombre,
Un buen viajero.
Un buen patriota.


Fue enterrado en el tercer bloque de un cementerio repleto de árboles y ángeles de piedra.
Ese día llovió.
Sus siete desamores acudieron al entierro.
Un clavel negro por cada una.
Nadie supo que él escribía.
En un cajón guardaba los poemas más hermosos del mundo.


sábado, 21 de octubre de 2017

A ti.

Escribí hace años una breve dedicatoria a alguien que aunque era parte de mi familia, no lo veía a menudo. Pero sin embargo en los últimos días de su vida, yo compartí con él una preciosa tarde que se le antojaba monótona, triste y solitaria. Decidí ir a verle, y hacerle compañía. Se llamaba Luis y era un hombre bondadoso. Es de esas personas que no olvidas.

Esto va para ti.


Te lo debía, aquel veinte de febrero en la quinta planta. Oteábamos el paisaje en la ventana. Te debía una historia corta pero bonita y matizada en todas las cosas que deseabas. Te lo debía, arrancarle a los dientes de león las pelusas para que volasen por la ciudad y cumpliesen nuestros sueños, los tuyos, tan diferentes de los míos.

Te lo debía, regalarte una bella sonrisa en esa habitación.  Qué especiales y cordiales fueron los segundos que contamos para que se convirtiesen en minutos. Quien te observase y fuese lo bastante inteligente, se daría cuenta que hace mucho que te abandonó los néctares de unos labios que aun seguían sonriéndote malcriados en una foto antigua.

Yo supe conocerte ese día, el mismo que te debía tanto. Mi regalo fue la visión de la vida en las sombras que el sol dejaba en las aceras, los edificios, en nuestras manos y en el huequecito de mi nuca donde se intuye el nacimiento del cabello. Te regalé mi voz, hipnotizándote con versos tristes pero reales, y dejé que tus manos- huesudas y ligeramente velludas- intentasen encontrar consuelo en las mías. Te lo debía, este pequeño trozo de mí, esas tardes exprimidas en un calendario fugaz y los diez pasos que daba en tu calle para mandarle un beso a tu ventana. Te debía este rezo que mando a la luna para que te la recite ella misma sobre el brillante y olvidado mausoleo que lleva tu nombre.